martes 18 de noviembre de 2008

CAPITULO 4: TIRITAN LOS HUMILDES O LOS LATIDOS DEL CUCHARON

De Roque!
pRoLeta

Dedicado a Xulita.

Observando el tambaleo del vaso de vino alzado que Rudy dirigía hacia una ventana del restaurante para observar la transparencia del licor con los rayos del amanecer. Se recordó de un verdadero amor; el primero, el doloroso, el aprendiz.

- Hay de mi Chulita - le murmuro al vaso que ni se inmuto y siguió su compás tambaleante.
- No me dija ahora que le bajaron los sentimientos
– le dijo otro compañero de juerga.
- Na… un poquito, a decir cierto. Es que usted ya sabe que cuando el cucharon ocurre a uno no le queda mas que ocurrir.
- Déle, cuénteme esta ocurrencia.
- Vamos de nuevo entonces.

Sucede que por allá cuando celebraba mis 33 años. Sumido en mi más profunda tristeza, dolido por mi propio abandono. Me dispuse a tomar las pocas pilchas que tenía y partir a las tierras más lejanas para comenzar toito de nuevo. Es así como llegue a trabajar a la Empresa Nacional de Petróleo en Punta Arenas. Pero sin antes arreglar económicamente a mi madre y hermanos para que sobrevivieran un tiempo, mientras las tierras que arrendábamos dieran nueva cosecha.
Como no conocía a nadie en la ciudad comencé a disfrutar mi sueldo. Me dedique a pasear, ir al Teatro Cervantes, al Palacio de las Corbatas y al Arte del Vestir, con la única finalidad de agraciar mi delgada y baja estatura.
Fue así que mi animo mejoro y mi actitud también. Mi refinada ropa la enviaba a limpiar a una lavandería del centro, que su nombre ya no recuerdo. Fue allí donde conocí a mi Chulita, era la encargada de planchar las ropas. Todo el día bañado en ese vapor que me levantaba los más sucios y delicados sueños.
Con el tiempo me hice habitué del lugar, me amiste con sus dueños, la familia Glieve, pero Chulita ni me miraba. Hasta que la señora me la presento, me dijo tomando un poco de aire, le presento a Margarita del Amanecer Eulogia Simona Bernardita Bozo
Pavez pero le decimos Chulita. Le extendí mi mano y la salude.
Me retire sorprendido y sonrojado por esa bella mujer, altísima, con una boca mas amplia que su rostro, piernas larguísimas, necesitaría trepar por su cuerpo para llegar a besar sus mejillas. Pero no le di importancia pues a los necesitados siempre nos sorprende la abundancia.
Al otro día acudí nuevamente a lavar ropa. Chulita ojeo las pilchas y descubrió que esa ropa ya estaba plancha, al parecer mi estrategia de acercamiento fue develada. Así que rápidamente me hice el leso y hablamos del frío de aquel día. Le narre los calores de mi tierra cuando con la pala abría zanjas y el sol me secaba la piel del cuello. Antes de irme, no olvide invitarla a salir.
Espero el otro día con una impaciencia enorme. Limpie mi cuarto esperando alguna sorpresa sorpresiva pero no fue así. Chulita era niña de casa, a todo esto, ella recién comenzaba a conocer la vida, casi duplicaba su edad.
Lunas y soles pasaron, fríos y calores pasaron, hasta que mi Chulita, como le comencé a nombrar, acepto que me acercara a un centímetro de sus labios.
Sentí su respiración, sus olores, sus sabores. Pero un sentimiento me embargo, la guatita me tiritaba como nunca, mis brazos no reaccionaban para abrazarla y mis piernas se recogían, paralítico, la miraba y acariciaba su rostro, ella también tiritaba con lo humildad de nuestras vidas.
Pero nuestro deseo fue mayor. Así que una noche, en el antejardín de su hogar, la bese con la misma ingenuidad que tuve el día que bañándome en un río precordillerano, una hilera de niñas se sonreían al descubrir en mi traje de baño rasgado la palidez de mi trasero.
Me cale el sombrero y me retire con una alegría enorme, apenas llegue a doblar la esquina de la cuadra me detuve a reír y a sobarme las manos.
Nuestro amor siguió creciendo por sobre las diferencias, sus padre no veían con buenos ojos nuestra relación pues mi edad para ellos delataba negras intenciones. Pero en verdad solo oscuros tenía mis tiesos cabellos.

De los besos pasamos a las caricias, de estas a los cariños y de estos últimos al amor. Lento como he sido para contar esta historia, fue el proceso para consumar el acto amatorio. Mis nervios y los de ellas afloraban con cada mirada, con cada acaricia.
Esa noche fuimos como siempre al teatro, a comer y enseguida a su casa. Cuando abrimos la puerta del antejardín, escuchamos con gritos y discusiones de sus padres. Ella se apoyo en mi pecho y me pidió que la sacara de ese lugar. Sorprendido la abrace y nos fuimos a mi cuarto que arrendaba en una pensión cercana.
Le ofrecí un té pero ella prefiero sentarse a pensar en el sillón. Sin saber que hacer, me senté junto a ella y la abrace, ella sollozo y nos besamos. Con un impulso animal la abrase mas fieramente, ella me beso más enérgica. Los nervios se
volvieron calorcito, el tiritar adquirió un ritmo armónico.

- Tengo los higos secos de tanto esperarte, Chulita – esgrimí con un pudor de niño.
- Mis melones están jugosos por su boca – me dijo respetuosamente

Así que bese sus pechos mientras la cargaba a mi cama. Acaricie su trasero que era una manzana madura. No tuve tiempo para escapar. Esa noche, la improvisación hizo eco y los miles de pensamientos que tenia no sirvieron de nada, el valor de la ocurrencia es solo ocurrir. Yo ocurrí en ella, ella ocurrió en mí. Con cada jalar de mi pelvis sentía dominar a Chulita. Ella en cambio se sometía a dominarse recibiendo con sus caderas mi fuerza de joven envejecido. Pero a ser sincero, ella también me cubría dominándome y sintiéndome dominado por sus largas extremidades que se trenzaban en mi espalda. Cuando me aventaba a acabar este sueño, me aferre a mi debilidad para prolongar este placer. Para olvidar los errores de mi improvisación, le hable a su oído mientras ella me mordía el mío.

Los actos se vuelven susurros
Susurros que terminan en aullidos
Aullidos que se vuelven vientos.
Los actos soplan como vientos.

Hasta que no pude sostener el último nervio antes de desenvolver mi humilde magma en las profundidades de las largas piernas de Chulita. Será niñita pensó en el acto. Matilde agregue. Y fue lo que fue, lo que ambos deseamos la primera vez que nos fuimos.
Me deje caer a su lado con mi pecho al cielo, observaba su rostro de felicidad que me abrazaba. Acaricié su rostro y me dispuse a dormir junto a ella recorda
ndo las palabras de un pRoLeta sin destino.

La distancia que borra el tiempo, podrá negarme tu presencia, pero no poder amarte

Y el tiritar humilde mi amigo ya no se cobijaba en mi pero si los latidos felices de mi cucharón.

Sergio Larrain